martes, 7 de octubre de 2014

"AMOR EN GOTAS" "Amor loco"


Por Isabel Velásquez

A veces el amor se presenta, más que como una decisión, como una fatalidad. Y esto es por la articulación existente entre el amor y el goce.
En 1950, Marguerite Duras escribe su tercera novela: Un dique contra el Pacífico.  Inspirada en su propia biografía. Trata justamente del amor loco de una madre por sus hijos. Relata la peculiar vida en la Indochina francesa de la familia formada por Suzanne –una seductora adolescente-, su hermano Joseph -el cazador- y la madre de ambos. Aparece entonces, por primera vez en su literatura, el personaje de su madre. Quien compra unas tierras para cosechar arroz cuestión que era imposible debido a las crecidas del Pacífico, que entra cada año regando de sal sus cosechas y las de los campesinos. La madre no se rinde: decide endeudarse aún más y construir diques contra la invasión del océano. Pero el agua avanza inundando la llanura. Los diques no resisten. La cordura tampoco. La madre comienza a ausentarse. Sólo puede pensar en esos diques. Quiere reconstruirlos. Mientras, sus hijos la abandonan.
Mer en fránces quiere decir mar y es homofónico con mère, que significa madre. La madre tiene que ver entonces con el mar, con el océano.
La madre que es como el Pacífico, frente al cual aunque se erijan los diques nada va a poder con él: otra versión del cocodrilo del que nos habla Lacan en su  Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, el deseo materno, esa boca de cocodrilo capaz de devorar, tiene su correlato en el superyó. Un superyó materno, más exigente que el paterno, oprimente, devastador.
El personaje ineludible en la obra de Duras, sobre el que vuelve una y otra vez es el de la madre y su desamor, que va a marcar toda su vida. A sus setenta años y tras salir de una intensa cura contra sus problemas con el alcohol, ella destaca, una vez más, en El amante (1996), la relación que tuvo con su madre cuando dice: “qué asco, mi madre, mi amor."
La madre va a ser siempre la misma en cada obra donde Duras la invoque: una mujer entera, valiente, obstinada en sus decisiones hasta llegar al absurdo. Amada y odiada, respetada y denigrada a la vez: la figura arquetípica de esas mujeres al límite de la locura que pueblan el universo durasiano. Este lazo amoroso, Lacan lo denominó en su Seminario 20 odioamoramiento, término con el cual, él nos  incita a recordar que no se conoce amor sin odio.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario