viernes, 5 de junio de 2015

En cuenta regresiva N° 22


OTTO GROOS O LO IMPOSIBLE DE SOPORTAR EN UN ANALISTA.

Johnny Gavlovski

El padre lo cría a su lado. Lo vigila desde el lecho  matrimonial. El padre, Hans Gross, profesor de criminología, amén de precursor de la dactiloscopia (interpretación y utilización de las huellas dactilares)

El padre lo vigila, excepto cuando Otto Groos viaja como médico y marino a Sud América donde se hace adicto a la cocaína. Busca a Freud para tratarse, y si bien este lo identifica como un genio, como una de las figuras más grandes que podría tener el psicoanálisis, decide no tratarlo y lo refiere donde Jung; sin dejar de advertirle “tratarás con alguien tan grande como tú”. Nuevamente un padre lo rechaza, un padre lo vigila, un padre que pone a los hermanos a enfrentarse. Jung analiza a Groos durante una hora; a la hora siguiente Groos analiza a Jung. Luego es recluido de nuevo en su celda psiquiátrica.


4 internaciones por adicción se sucederán. Tras la segunda, romperá con Freud en el I Congreso Psicoanalítico de Salzburgo, a partir de su propuesta sobre la apertura a los problemas generales de la cultura y a los imperativos del futuro (“revolución por el matriarcado”) que abrían los descubrimientos y exploración del inconsciente.

Destitución del padre, que el padre Freud no soporta. Destitución del padre criminólogo, cuando el hijo se une al movimiento dada, a los anarquistas. Subversión de La Ley.

4 internaciones fueron por retar al Padre. Ese padre de la Ley imposible de soportar. Un padre del goce, que impone la ley, pero la subvierte en su aplicación. Un padre cruel que goza sin excepción. Y el hijo hace de lo imposible del encuentro con este su síntoma: en el arte, en la política, o en su función como analista acompañando a sus pacientes hasta en la muerte, si decidían que el suicidio era la alternativa. En cada intento de subvertir al padre, Otto Groos solo logra invocarlo en el castigo, y allí, hacerlo ex – sistir.

O. Groos coloca el cuerpo, como los viejos escitas que frente al cadáver del Rey muerto, se auto-mutilaban para honrarlo.

Tanto colocó el cuerpo el hijo del criminólogo, que terminó muriendo de inanición, en una calle bajo las frías noches de Berlín.

Solo la muerte logró frenar los intentos de Otto G. para subvertir la autoridad. Primero fue el padre quien aparecía para recluirlo, incluso en componenda con Jung para declararlo psicótico, a pesar del diagnóstico de Freud como estructura obsesiva. Luego fue el olvido, quien condenó su historia en una caja de cartón en los sótanos de la Cínica Burghölzli.

Al decir de Freud, Otto no logró “exceptuar al padre de la castración o lo que es lo mismo salvarlo de la renuncia a la satisfacción pulsional” (1)

No podemos olvidar que desde la última enseñanza de Lacan, se destaca la función del síntoma como aquello que suple la función del Padre como un Otro inconsistente: S(A/). “Cada una de las diversas figuras del padre freudiano dejan ver su inconsistencia: el padre Edípico sin saber por qué moría dejaba un pueblo lleno de dificultades, el "Urvater" era un tirano caprichoso y Moisés aparece como un padre descuidado y olvidado por su propio pueblo. El padre como síntoma en Freud, exceptuado de castración, viene a darle consistencia al Padre, lo hace ex-sistir” (2)

¿No fue entonces la adicción a la cocaína, su forma de llevar la dirección de la cura, su postulación del matriarcado, sus golpes anarquistas, un llamado al padre? Un encuentro con ese Urvater terrible con lo cual trataba de hacer soportable ese dolor de existir?

Si extrapolamos lo individual a lo social: este Hans Groos, criminólogo, tras el rastro de las huellas dactilares, ¿no es acaso uno de los precursores de las sociedades de control?

Cabe destacar las consideraciones de M. Foucault sobre el poder disciplinario y sus aplicaciones, centros de encierro como la prisión, los hospitales, las fábricas y las escuelas. G. Deleuze retomó estas consideraciones y las trajo a nuestros días: destacó la crisis que hoy viven dichos centros. Reforma sucede a reforma sin dar con una fórmula que logre sostenerlas “como debería ser”. Entonces las sociedades de control aparecen para hacer a un lado las viejas propuestas disciplinarias. Sin embargo ¿Se ha logrado con ello un sujeto más obediente, más dócil, más tolerante ante la castración? ¿O acaso, todo lo contrario? Hans Groos está allí, como una de las encarnaciones que bajo el semblante de normatización, ocultan a ese superyó que empuja al goce desmedido. ¿Y los Otto Groos? ¿No están acaso allí, reuniéndose para hacer frente, a lo imposible de soportar? ¿No están allí, tras cada conducta de riesgo, en cada sin-límite que momento a momento, inmola el futuro de esta pobre hipermodernidad?

Notas:
(1)    Portillo, R: El padre como síntoma. Tomado del libro: “Psiconálisis y psicoterapia” Colección Mundo Psicoanalítico. Vol. II. 2ª edición revisada y ampliada. Caracas, 2014

(2)    Op cit.

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