miércoles, 15 de julio de 2015

En cuenta regresiva N° 16

¡Ante un real! ¿El humor como discurso?
Diana Ortiz
                                   
 Llama la atención y muchas veces sorprende que ante lo terrible de una situación, algo dramático que causa dolor y angustia una respuesta posible sea el humor como discurso.

Pensamos ¿Será una forma superficial y ligera de interpretar la situación? ¿una respuesta defensiva? ¿una negación? ¿una compensación? ¿una respuesta ante un imposible de soportar?

Si buscamos el significado del humor para la Real Academia de la Lengua Española, encontramos una  diversidad de sentidos, entre ellos: estado de ánimo, jovialidad, gracia, agudeza, facultad de descubrir y expresar lo que es cómico o gracioso, y antiguamente, cualquiera de los líquidos del cuerpo (sangre, agua, bilis), con relación a éste último, implicaba que estar de buen humor refería a que gozaba de buena salud.

La literatura del humor tiene un gran recorrido en la historia de la humanidad, desde la antigüedad, las parodias de las epopeyas, las comedias griegas, las sátiras, y en tiempos posteriores los usos de las moralejas, los refranes y las caricaturas como expresión gráfica, aparecen como un elemento importante no desligadas ni autónomas sino cumpliendo entre otras, un valor social.


El ingenio  y la creatividad que resalta  el humor en cada una de sus formas, desliza ante los distintos ropajes una denuncia, una inconformidad, un enjuiciamiento, una forma de develar una verdad  que hace eco en lo social, sobre todo cuando la libertad de expresión también sufre sus avatares.

El discurso humorístico, como hemos visto, con su apariencia burlona, ligera y muy próxima a la comicidad y al chiste no es exactamente lo mismo.

Freud, en su texto de 1905, nos habla de sus semejanzas y diferencias. Tanto  el chiste como la comicidad y el humor comparten el efecto risible y placentero con el cual casi todos gozamos, producido justamente por un ahorro en la economía psíquica .

El chiste, nos va a decir Freud, en su estructura a diferencia de los otros, requiere de un tercero para lograr su efecto.  En el juego de los significantes dichos, hay un abrochamiento de sentido  en el desenlace  sorpresivo de encontrar lo oculto en él.

El humor, por otra parte,  no se descifra por su técnica. Su proceso se realiza en una sola persona y la participación de otra no añade a él nada nuevo. No se trata por lo tanto ni de tres, ni de dos, sino de uno dividido. Como rasgo esencial es la exaltación del narcisismo y del placer, citando a Freud; consiste en que uno se ahorra los afectos que la respectiva situación hubiese provocado normalmente eludiendo mediante un chiste la posibilidad de semejante despliegue emocional.

Lo grandioso reside, a todas luces, en el triunfo del narcisismo, en la victoriosa confirmación de la invulnerabilidad del yo. El yo rehúsa dejarse ofender y precipitar al sufrimiento por los influjos de la realidad; se empecina en que no pueden afectarlo los traumas del mundo exterior; más aún: demuestra que sólo le representan motivos de placer. Este último rasgo es absolutamente esencial para el humor .

El humor no es resignado, sino rebelde; no sólo significa el triunfo del yo, sino también del principio del placer, que en el humor logra triunfar sobre la adversidad de las circunstancias reales.

Otro punto interesante, en el mismo texto de Freud,  es la atribución a la instancia super yoica como la que consuela al yo de la realidad adversa y traumática. Así mismo la relación que sostiene entre discurso humorístico y trauma.

Por otro lado, Lacan comparte con Freud el lugar del súper yo en cuanto al humor, en su escrito Kant con Sade, refiriendo  al humor  como el tránsfuga en lo cómico de la función misma del superyó

El humor negro, para todo ser razonable, si se le distribuye la máxima en el consentimiento que se le supone (“Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él ...”), y retoma la definición freudiana del humor en estos términos: “si hay algo a lo que nos ha avezado la deducción de la Crítica, es a distinguir lo racional de la suerte de razonable que no es sino un recurso confuso de lo patológico, sabemos que el humor es el tránsfuga en lo cómico de la función misma del superyó

Pensaba en paralelo también, sobre la función de los juegos infantiles tal y como nos recuerda Freud del juego del carretel, del fort-da. El niño mediante la repetición en acercar y alejar el carretel tiene un tratamiento  y dominio de la angustia ante la separación de la madre. Nuevamente hablaríamos de un  hacer ante lo traumático o lo doloroso.

Retomando el eje del trabajo ¿Podríamos pensar al discurso humorístico como un tratamiento de lo Real? ¿La aparición del humor como una forma de sutura o tapón que media lo insoportable? ¿Hay una mediación simbólica a través de la palabra y de la expresión gráfica del discurso humorístico? o ¿El humor como un síntoma?

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